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Peste de Críticos

 

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COMENTARIO A “PESTE DE ARTISTAS” de

Javier Marías/El País Semanal -05-10-2008

PESTE DE CRITICOS

Mama quiero ser artista

Yo si dije a mi madre

De mayor quiero ser pintor

Y he aquí que los sueños se cumplen y con ellos todos los estereotipo que los acompañan.

¿Hay alguien que pueda escapar al deseo o deshacerse plenamente de los estereotipo? Y ¿No será que este es el enigma o la paradoja?, ¿Quién navega contra corriente sin estar loco?

En realidad contracorriente solo navegan los cuerdos, los locos, los que amamos el arte, más bien nos deslizamos a favor del viento, por eso acabamos en cualquier ribera.

Voluntad de ser nada como desquite o desahogo de la plenitud de tanta belleza. Cuando ya no se pretende ser nada, ya nada asusta, menos los abismos de la creación.

Las taras son alivios, la tristeza y la melancolía aminoran el dolor.

¿Quién no admira la humildad, la inocencia y la modestia en el no ser especialmente nada?

Y aún y con todo, queriendo no ser especialmente nada, el deseo de pintar no se minora, crece y no se retraen en el auto castigo o el placer más hedonista.

Los estereotipo solo sirven para coartar el espontáneo proceder y siempre es el otro el que ejerce tal o cual rol, porque el uno siempre está a salvo de incurrir en la falta, necesitado de ver las antinomias para ungir mentalmente a un papel satisfactorio socialmente.

Las extravagancias, estridencias, devaneos y desmanes, obsesiones y quimeras las queremos lejos, y nos apegamos con la misma demencia a los valores consensuados, con la que despreciamos el tormento de los que sufren, sin acercarnos, por supuesto, a conocer su sufrimiento, no vaya a ser que nos salpique y manche la camisa blanca del domingo.

Peste de críticos, que confunden el camino del medio, con el camino hacia el gran almacén para andar por los pasillos de los estantes escogiendo a placer, tal o cual artista, no sin dejar de hacer reproches y proferías contra lo que rechazan del estante.

Por fortuna no nos faltan artistas, que sin pretender ser estereotipo social, quedan expuestos a la hoguera de las vanidades por tal o cual santón de los buenos modales, que no se cortan las orejas, pero no por ello se libran de lo que abominan y que solo ven en el otro, porque ellos se cuidan de sacar lustre al vacío de su aburrimiento.

Como se atreve este singular pero aceptado crítico a separar al autor de sus obras, y como no agradece el sufrimiento, la obsesión, y hasta la muerte de los creadores que han consagrado su vida al arte, para luego ser objeto de su desprecio.

Como este ser que se dirá a sí mismo adulto, no se mira como lo que realmente es, un cobarde y un censor, como lo son todos los cobardes.

Y como se atreve a hablar de talento o genialidad, cuando es el que lo asocia a drogas, marginación y delincuencia, que sabe el de talento o genialidad si no se conforma con el disfrute de las obras, tiene que sacar a sus autores a la tarima de los acusados, mientras el deglute arte y creación desde la comodidad de su escritorio.

En fin que no tengo ni humor, ni quiero derrochar más talento en poner patas arriba a este miserias de la cultura, pero espero que algún día tropiece y caiga en el abismo de su vacuidad, y que no esté allí el ángel arcángel para rescatarle. Este miserias lleva un buen traje, pero no puede ocultar la desnudez de su ignorancia ni confundir el olor a mierda con la que seguro se unta todas las mañanas.

ya

 

ya nada puede detener esta venida

solo yo puedo hacer que suceda

el momento es ahora

cuando las esperas

ya no son esperas

cuando la posibilidad

ya se ofrece abierta

cuando el azar

ya no es venturoso

cuando el destino

ya no es determinación

cuando el éxito

ya no obliga ni doblega

cuando el fracaso

ya no frustra la pasión

y lo incierto baila el compás del tiempo

ya llego el momento y nada

puede detener esta venida

del hermoso amor

que ya cubre mis vacíos

materia de la materia

que ya se despliega

espíritu que la expande

que ya desciende y toma

del alimento ofrecido

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Para Ángela Cecilia

 

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Has entrado en el corazón

Que dio origen al éxtasis

Has visto en el poema

La imagen real evocada

No tengo una pintura sola

De margaritas para regalarte

Pero no importa mucho

No necesitarías tampoco

Desaojarla una a una

Trata de AMOR

 

Cita

AMOR

Inflexiones

 

Las metas en el proceso creativo están presentes en cada momento de la acción. No se posponen, sino que se realizan en el proyecto, que es la obra. Esta es la meta, y está presente en el origen tanto como que es su origen lo que da lugar a la obra. El deslinde entre el proyecto y el proceso permite resolver algunas de las dudas en la elección determinada y decidida. Cuando se sabe lo que se desea, esto es ya un principio suficiente capaz de mover a la acción, y en cada acción están ya presentes las metas del deseo. Deseo crear, es un deseo amplio. Deseo pintar un cuadro es un deseo escueto. El primero no tiene límites en la obra. El segundo antepone el fin limitando la obra y suprime el primer deseo. En el primer deseo los límites están en el proceso inmerso en el tiempo y sus posibilidades, donde las contingencias y las transparencias se revelan en cada peldaño de la escalera. Se asciende en la comprensión de la forma y se desciende por su movimiento en el devenir. En el segundo deseo el límite es coactivo del deseo y de la acción que desarrolla. En el primer deseo, el límite la hace posible.

Cuando el deseo se vincula al ser de las formas, este se hace inagotable con ellas. Cuando el deseo se vincula a la forma del ser, este se vuelve obsesivo e impide el cambio en el movimiento del ser.

 

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Así como es preciso distinguir entre proyecto y proceso, es preciso desligar al deseo de las formas de los objetos y ligarlo a la forma del ser del objeto, con sus cambios permanentes.

Las formas no tienen una realidad que constituya una verdad formal completa o total, sino parcial y relativa. Cuando en el proceso se enlazan totalidades, no se refiere a totalidades formales, sino que en las acciones se intenta que todo lo inspirado por la forma surja en cada momento o que en cada momento fluya alguna parte unitaria del todo inspirado.

El jardín es realidad soñada, una evocación de la naturaleza por medios naturales. En cuanto realidad soñada, es una suspensión del tiempo en la verticalidad de sus formas que nos invita a la propia evocación, a la suspensión temporal de la agitación de nuestros pensamientos, recogiéndolos en sus formas suspendidas también en el tiempo soñado. Un oasis en el desierto de la abundancia que recrea los espacios y nos invita al recreo en ellos de nuestros espacios interiores. Un primer escalón de la utopía, un no lugar en el que es posible seguir soñándola, un tiempo sin límites y donde el único límite a los sueños es la propia imaginación.

La repetición en la evocación de las formas es el arte, presente en las creaciones de los seres humanos. Una realidad distinta de la real, pero inspirada en ella desde la vivencia subjetiva, la única capaz de evocarla fielmente por analogía en el deseo consciente e inconsciente y en cuanto que se une al deseo, se eleva como necesidad espiritual.

La creación es una necesidad espiritual del alma deseante. El alma es el propio sujeto que hibrida todos los deseos, materiales y espirituales y les da forma. En este sentido toda forma surgida del deseo humano, distinta ya de lo real, es creación, y en ella sus formas son contingencias del lenguaje en las transparencias del tiempo relativo y eterno.

El deseo anima la creación de formas para satisfacer la necesidad. Ambos parten de la plenitud, por eso son eternos como el tiempo y el espacio infinito. Lo lleno, la cantidad se desarrolla en el espacio y el tiempo continuo por las discontinuidades, o vacios, eternidades o “nadas”, así pues el vacío es el lugar de la posibilidad de lo lleno o lo pleno. La materia es plenitud caótica que se expande por los huecos de la posibilidad, la nada, y halla la forma que es temporalidad suspendida en un tiempo que es continuo en el devenir.

De la plenitud de la necesidad por un movimiento descendente, por un vaciarse de su materia espiritual, surge la forma en la liberación de la materia. Esto genera a su vez un vacío que vuelve a llenarse de la necesidad inherente a la materia.

CREACION Y NECESIDAD

EL VACIO

El deseo como fuerza es un potencial inmanente en la persona. Es plenitud y cantidad. Es el alma en su materia primigenia. Es independiente de la necesidad, no es necesidad, sino potencialidad y posibilidad que en la pérdida obtiene su ganancia. Energía que se transforma en fuerza mecánica a través de la forma, que es su desarrollo en el tiempo. La forma es espiritualización del deseo, su pasión.

La necesidad también es plenitud y cantidad, en este caso de materia. La necesidad es la materia del deseo pero no su objeto. Es inherente al deseo pero no es su causa. La necesidad es la fuerza material que anima a la forma en la pérdida del deseo para la ganancia del objeto, que es la materia espiritualizada por la pasión, su forma.

El vacío es la nada, el no lugar donde materia y energía, deseo y necesidad obtienen lo posible para la acción y el acto. El no ser es tan solo la plenitud del ser que en el deseo y por la necesidad se manifiesta en el ser que unifica las contingencias. El arte y la vida son unidades salidas de la contingencia del deseo y la necesidad.

La creación es el intervalo entre el no ser y el ser. La forma esta en el origen del deseo y la necesidad y es su consecuencia en el objeto. El amor, o el desamor son objetos desprendidos del tránsito del deseo y la necesidad, creación o destrucción que devienen en el proceso creativo. Desde los principios de la filosofía en Parménides y Heráclito, la realidad exterior e interior se describe a través de la causalidad, y por medio de un tránsito permanente en donde lo primero se desarrolla en la ciencia empírica y lo segundo expresa un proceso de recreación constante donde el azar y la realidad natural, las innumerables causas y el caos, se entrelazan dando lugar a modos alternativos de adaptación.

El vacío genera una diferencia de potencial, es un polo magnético que se desplaza de lugar, o cambia el sentido de su carga creando un registro, un cruce de experiencias accidentales materializando de este modo el deseo y la necesidad.

La realidad es fenoménica o proposicional en sus polos antinómicos donde el paradigma es o bien realidad de hecho, un todo que se manifiesta en un tiempo continuo o solo una metáfora del lenguaje, un tejido de contingencias entre lo uno central y esencial y lo otro periférico y accidental.

La afirmación del deseo como fuerza inmanente recurre a la voluntad que reúne las contingencias del pasado en una realidad presente, que está en el interior de la forma, pero que no es un sistema estructurado ni una síntesis de posibilidades, sino una nueva constelación de causas del azar de naturaleza caótica que ha tenido su origen en la necesidad.

El proceso creativo desde la plenitud caótica de la necesidad total se desarrolla mediante sucesivas penetraciones y consecuentes realizaciones, desenmarañando, distinguiendo y relacionando, es decir, insertándolo en el proceso de auto superación en la autoconciencia. La mente, su actividad, responde a los estímulos en el cruce de experiencias, provocando un registro de cargas. No hay jerarquía, ni síntesis en la experiencia sentida, sino una trama que se prolonga en el tiempo vivencial y se desarrolla en el espacio creativo. La utopía tiene un valor por sí misma y lo pierde cuando se llena de valores. El cómo está en el constante vaciarse en un proceso en el que todo está haciéndose y todo está condicionado históricamente. Desde el condicionamiento los procesos son estrategias de adaptación. No hay una práctica pura que desarrolle un proyecto universal, que aproxime la realidad exterior y la interior, sino en el propio proceso de creación que elabora estrategias y unifica lo contradictorio creando metáforas con propósitos simbólicos desde la idiosincrasia personal. Los valores son relativos y están en función de la estrategia adaptativa en cada momento. La unión en la contingencia de los diversos modos es una necesidad surgida desde la cantidad en un juego de pérdida y ganancia. No hay metas universales, sino fines privados en el espacio de la posibilidad. La verdad no está fuera, sino dentro, y esto es lo que otorga el poder de actuar, es decir, la verdad se hace mediante el cambio del ser, una revolución permanente y una expansión, donde la idea se sustituye por la emoción que es una eclosión en la pérdida y una ganancia en la necesidad. El mundo se mueve por impulsos irracionales y el artista quiere que se tome conciencia de la conciencia creativa. “el mundo es la máquina y el artista es el maquinista”.

 

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El proceso es adentrarse en el tránsito por los espacios de la posibilidad o dejarse llevar por las sugerencias de la materia para encontrar nuevos estados de conciencia, Nada tiene una naturaleza que pueda ser expresada. Por lo tanto el lenguaje como representación de la naturaleza es una proposición simbólica opaca e intencional. El tiempo y el espacio tienen una causa humana en la predicción y el control. En la naturaleza solo hay proceso carente de intención, un caos de innumerables causas movidas por la necesidad total, y una suerte de contingencias paradigmáticas en la tensión de la contradicción. En el proceso la tensión es inherente, donde lo singular y lo universal se conjuga, estilizando y fijando las distintas necesidades metafísicas y estéticas. Donde no hay control sino posibilidades, como en la física cuántica, la predicción carece de sentido. En la creación plástica y durante el proceso, la mímesis entre la naturaleza real y la naturaleza plástica se obtiene por analogía simbólica. La digitalización es un instrumento para la creación en tanto que es capaz de mover y modificar la materia, pero no trasciende la creación más de lo que lo hace un tizón o un simple pincel, cuando de lo que se trate es de poner en juego la materia para la expresión de emociones o simplemente fijar los tránsitos de la materia. También el instrumento tiene sus limitaciones y condicionamientos y una vez más el límite y la condición opera como causa eficiente en el despliegue de las posibilidades. La necesidad instrumental es una aplicación del ingenio de la mente humana que imagina y crea los modos para la aproximación de las metas.

El arte no solo es producción cultural o científica, es sobre todo la captación sensible de los movimientos del alma y su expresión espiritualizada. “De todas las cosas superficiales que hay en el mundo, el arte es la más profunda” y la que es capaz de emocionar, de provocar un cambio de sentido en la experiencia sentida por el poder de la mímesis simbólica, a través de la cual es posible vaciar la cantidad y el exceso de la plenitud que es la necesidad.

 

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Inflexiones

 

Entre el agua y el aceite esta el temple, la medida que surge de la rebeldía ante la desmesura y la excesiva mesura. Las fuerzas antinómicas se combaten mutuamente. El verdadero valor está en el límite de los deseos. Este, como una fuerza inmanente, desciende al plano real por la pasión, pero esta pasión no es puro desbordamiento de una tensión acumulada en un descendimiento estrepitoso, como el de la cascada. La pasión también encuentra su medida, o su límite en el encauzamiento de su flujo, y acto seguido de la caída libre en el aire y por el aire, se estrella nuevamente con la tierra, que vuelve a serenar su desplazamiento. Los momentos del éxtasis, como los de la exaltación, se atemperan por los límites de la pasión misma, que para trascender se mantiene vinculada a su origen material. El desbordamiento es la desmesura y conlleva autodestrucción, al igual que la restricción puede ser autocensura y no dominio del deseo. Desear es una fuerza positiva, pero si se quiere que esta fuerza no sea mero impulso a la acción incontinente, precisa de los límites del propio deseo, que no son otros que los de otro deseo que lo limita. Como en las imágenes orientales de su filosofía, el lago extasiante y vivificante, posee unos límites que lo circundan, como la montaña tampoco puede ascender ilimitadamente hacia el cielo.

 

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El valor del límite está en la acción decidida templada por la penetración de lo posible en el presente. Esta limitación temporal proporciona el avance que no precisa de rectificaciones. Solo se avanza hasta donde es dado avanzar, apresurarse en la acción constituye una ceguera de la pasión desbordada por un ansia irrefrenable, que no es verdadera pasión ni verdadera conquista, ya que no es duradera y se extingue anulándose a sí misma. Como el fuego y el agua, que juntos vivifican toda existencia, cuando uno excede al otro, se combaten mutuamente hasta la extinción.

Los valores de límite y medida no son valores fijos aún cuando hacen posible la fijación de las formas de lo posible. La relatividad los libera del absoluto al que le hacen dirigirse las tendencias totalitarias en la pretendida unidad universal, por otra parte demostradas imposibles en la política, aún cuando tengan un sustento racional en la ideología y el pensamiento, y pospuesta en la religión. El valor de la rebeldía encuentra en la lucha constante por diluir las antinomias, el valor del límite, y este límite expuesto a la relatividad del tiempo presente. Es el aquí y ahora no como imposición, sino como oportunidad en lo posible que prepara lo venidero. Toda acción pospuesta corre el riesgo de perder la oportunidad, si llegado el momento de la acción, lo elude. Pero toda acción impuesta tan solo hace que lo real se someta a la voluntad, justificada o no en determinado proyecto, sin tener en cuenta las condiciones que operan en toda situación. Sin este condicionamiento aceptado e introducido en el proceso, toda acción se verá avocada al fracaso y tendrá que retroceder al estado anterior.

En lo común asistimos constantemente a una política de hechos consumados donde se amontonan errores de imposible reparación, pero que son asumidos en el proceso histórico y constituyen su herencia. Así las acciones tienen el débito de los errores, intencionados, o no, anteriores y hallan la complacencia de los nuevos errores que se justifican por los anteriores. Esta es la inercia de la historia en su proceso de fines y medios justificados.

En la creación, ni el proyecto, ni el proceso, pueden desatender al qué y al cómo, prescindir de las metas y justificar los medios y los fines, o será tan solo producción de medios y objetos. El qué y el cómo son los extremos en el arco de Nietzsche, ellos procuran la tensión debida a la cuerda para lanzar la flecha. ¿A dónde apuntar la flecha? La respuesta es una constante rebeldía ante la injusticia e el sufrimiento, no en lo metafísico, muertos dios y el diablo, sino en la generosidad de dar y recibir amor y en el rechazo del mal en la justicia del derecho.

Darlo todo al presente para dar al tiempo una oportunidad de futuro. Por eso en el proceso creativo se da todo en cada momento. Son totalidades enlazadas por el proceso, y no se puede dejar o aplazar en el tiempo por condescendencia a los fines, sino por entrega a la obra. Un dar todo en cada momento de la acción. Esto es entrega sin tregua, pura rebeldía, amor apasionado y penetración fecunda. Nada calculado en la abstracción idealista, sino puro descendimiento a la naturaleza y a la carne en donde quedan desterrados dios y el diablo, pero sobre todo el dios hombre que los sustituye. La alegría tiene siempre un poso de amargura, porque nace del dolor y del llanto, pero es a la vez la luz refulgente de las lágrimas y la sangre derramadas que mantienen la lucha en la dirección de la flecha. Hay pues un sentido en el interior del caos y la incertidumbre que recoge sus principios para desarrollar desde ellos las posibilidades de la forma y de la creación, en cuyo corazón se encuentra el amor, que es la fuerza que se fecunda en las obras.

La meta, el qué, está en el origen y desde ése origen, materia y energía son transfigurados por la pasión creativa, donde el cómo es el resultado en la forma de la pasión, que es la obra. Las metas no están pues en el fin aplazado sino en el aquí y ahora, impresas desde el inicio y desde el interior de la forma que es su fuerza interior. La forma exterior es una consecuencia por el cómo se ha manifestado, al cual está unido y por el que cobra su expresión visible. No hay diseño previo, ni ideas apriorísticas, sino un vacío en el que penetra la forma, a partir de la cual ella misma se expresa sin coacción, sin prejuicios, pero en los límites de su cantidad y cualidades. Esto es arte y lleva en su seno el espíritu libre, que compromete sus actos, no en el bien hacer, o el mal hacer, según un diseño conceptual, sino en la entrega incondicional a todo bien que suponga un aumento en la tarea eterna de dar y recibir alimento material y espiritual en el presente cotidiano.

Toda abstracción utópica que no sitúa las metas en el presente, está avocada al fracaso, y aunque el fracaso no es un error, este no es lo peor, sino el manejo de las utopías por quienes controlan tiempo y espacio.

En el proceso creativo, en la acción creativa, concebir la obra perfecta, solo es soñarla, pero alcanzarla en el sueño significa la parálisis del descenso espiritual, porque lo que en la imaginación no tiene límites, en la materialización plástica si los tiene. Detener la acción por la coacción de los limites, es tanto una falta de imaginación como una ceguera. Un absurdo sin conciencia del absurdo. Y al contrario o a la inversa, actuar por actuar, es unirse a un movimiento sin las fuerzas que lo producen. La alegría y la tristeza son sentimientos tanto más profundos cuanto más nos comprometen, y así el dolor y el placer son más reales en la medida en que son experiencias conscientes.

 

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El dolor sin objeto, como el placer sin objeto son resonancias de una experiencia inconsciente, inmersa en el devenir y ajena al tiempo. Una consciencia total es tan poco reveladora como el automatismo de la máquina. Podemos seguir las gotas de agua de forma independiente solo durante un espacio de tiempo, mantenerse unido a éste movimiento es autismo. La consciencia es parcial y tiende a la visión de conjunto. En el inconsciente quedan impresas mayor número de experiencias, y en un momento aislado espacial y temporalmente emerge la experiencia sentida. Sabemos antes de saber, aún cuando nuestra experiencia en el saber es siempre incompleta y parcial. El saber no tiene una forma teórica. El ciclo del conocer pasa por estadios en donde la acción, la reflexión, la práctica de nuevas hipótesis, y la teoría sobre la práctica pertenecen a ciclos que necesitan sus propios procesos, es decir, de la inclusión del tiempo en el tiempo del proceso. Que no haya un fin prefigurado para que la libertad sea una posibilidad, no significa que el acto no tenga sentido u orientación, es simplemente un intento de que las acciones no estén determinadas sino por el principio de libertad, que lleva implícito la determinación por la decisión en la elección. El fin es, como se ha dicho, la obra, pero la obra no es algo pospuesto en el tiempo, sino que se realiza por el proceso desde el mismo inicio, o incluso antes de su inicio, cuando se ha creado el suficiente vacío como para que la forma penetre y llene potencialmente nuestras acciones. La obra no se conoce, pero se anticipa, y su imagen no se muestra, sino como consecuencia de la inspiración que hagamos de su forma. Cuanto mayor capacidad tengamos, no para fijar la imagen en la memoria, sino para permitir que la forma que intentamos mostrar, penetre más y más en nuestro espacio interior en los niveles conscientes e inconscientes y sobre todo emocional a través de la experiencia sentida, esta dejará una huella, que sin desgaste de energía mental, sino por simple evocación, la forma se mostrará a través de las acciones plásticas intuitiva e instintivamente.

Los bocetos o bosquejos, son acercamientos periféricos, u obras suficientes en la evocación de la forma. Si son esto último, es que ya el boceto responde desde el interior de la forma en un como ajustado en los límites de sus posibilidades. Si son acercamientos periféricos, tan solo son apuntes de información y deben ser tomados solo como ejercicios prácticos que consolidan más la forma al intervenir no solo el pensamiento, sino la acción recíproca de ambos.

 

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Lo único que se acota es el tema, que a su vez puede ser el qué, pero el tema por sí mismo no es suficiente para expresar la forma, a este qué o idea visual, se le añade la inspiración de la misma y también al actuar se hace mediante modulaciones en la gestualidad, un cómo surgido de la emoción y de la pasión. Cuándo se está abierto al flujo emocional y se incorpora a la acción, se produce ésa fusión que hace que la imagen que surge tenga credibilidad, unidad, una vida interior que se percibe con todos los sentidos.

Cuando los límites son percibidos como una coacción con una concepción apriorística e ideal, tendente a un absoluto metafísico, no se está en condiciones de poder actuar como mediador para la creación, no podemos ser el instrumento de su música. Pero cuando en los límites entendemos la posibilidad del ser de la forma, entonces estamos en condiciones de fijar alguno de sus aspectos, incluso con una unidad interna que haga del mismo un mínimo suficiente y un máximo posible.

Con la pintura es difícil perderse, sino tan solo encontrarse. Si te pierdes en ella es solo porque crees saberte encontrado y esto es un cálculo de certezas, no principio de incertidumbre. Lo que se encuentra es siempre desconocido, pero lo paradójico del encuentro, es que es un encuentro con lo que eres. Negar esto, es negar la única certeza de la que disponemos, aunque la desconozcamos.

El proceso creativo es fluido cuando se supera este miedo a ver la faz de lo que somos y requiere de esa pequeña gran humildad necesaria para su desarrollo. La forma bella está siempre atenazando y sometiendo nuestros deseos y los llena de prejuicios, como la esperanza de encontrar siempre la dicha en el porvenir. Cuando la derrota es lo que acontece, esta es parte del proceso y es tan necesaria como el éxito. Huir del fracaso es tanto como conducirse ciegamente hacia el éxito, suprimiendo la antinomia, polarizando en una de las partes en detrimento de la otra.

El individualismo romántico es burgués y acomodaticio en la apariencia. Prescinde de lo ajeno sin encontrar las semejanzas de las partes por el temor a perder determinados privilegios. Pero también el racionalismo nihilista que otorga al hombre la posibilidad de ser un dios y por tanto de elaborar un proyecto común para todos los hombres, es excluyente o les convierte en siervos de una nueva causa trascendente. La libertad de todos se convierte en la esclavitud de todos y la libertad individual necesita prescindir de lo común para realizarse. Esta controversia entre lo privado y lo público, es desde la revolución francesa y el advenimiento del pensamiento nihilista causa de un conflicto de intereses que llega hasta nuestros días. La libertad es valor para ambos, aunque concebida de forma distinta.

En la creación artística, la libertad no es lucha de intereses, y aunque es una conquista histórica para el arte y ofrece al artista la elección de sus temas tanto como de sus expresiones, solo es contradictoria con lo privado o lo público cuando es rebelde en la necesidad de emanciparse de ambos ámbitos, o de mostrar las injusticias de cada uno de ellos. La antinomia justicia y libertad, igualdad y diferencia, están en los ámbitos de lo social, que abarca a todos los individuos, en constante rivalidad y lucha de intereses partidistas. Mientras que el arte, que tiene a la rebeldía como consecuencia de la necesidad de expresarse plena y libremente, responde en cada momento a ésa necesidad sin intereses partidistas, logrando con ello situarse en el lugar que le permite ser y hacer sin sometimiento, mostrar y denunciar sin ataduras, y ofrecer de esta suerte el otro pan necesario a la persona, su recreo y el conocimiento propio.

Es cierto que como actividad humana no está ajena a las luchas de poder y de intereses. En cualquiera de las formas del estado donde se realice. La unión en el arte de ética y estética, que es la estética de las formas, consigue tarde o temprano emanciparse de cualquier fuerza que se proponga doblegarlo a un interés, a un fin concreto o una meta que no sea la suya propia. La moral en el arte es su innata rebeldía, bien por espontaneidad como en el arte primigenio, bien por necesidades de expresión, que aún adaptándose a determinados condicionantes, sabe hallar la forma de transmitir singularidades y manifestarse. Pero la rebeldía histórica es un fenómeno moderno, y en las postrimerías de esta era moderna también puede ser una impostura, un valor añadido que se le pide a la obra por el propio mercado del arte, ser artista conlleva la bohemia o la rebeldía. El arte y su necesidad implícita es lo que convierte al artista en bohemio o rebelde o cualquier tipo que responda a ésa necesidad, Si el artista consigue la aceptación y el reconocimiento público, su individualismo es aceptado y ensalzado y deja de entrar en conflicto con lo público, más aún, si ése reconocimiento conlleva movimiento de capitales o produce bienes económicos, su rebeldía es aceptada dentro de los límites de la cantidad. Frente a esta deformación producida por la personalización del genio, la respuesta en el interior del propio arte no se hace esperar y se encuentran pronto las nuevas formas de rebeldía y emancipación. Las observaciones en torno al qué y el cómo los considera como factores determinantes en los procesos creativos y la manera de abordarlos da la imagen del arte, tanto más nueva cuanto más libre y más libre cuanto que en los procesos creativos se abandone todo servilismo a la idea o al concepto y se aborden las formas desde la forma inspirada. El proceso creativo responde en cada momento a la necesidad y adaptando el qué y el cómo a las condiciones de lo posible, lo real y manifiesto. La necesidad es tanto individual como colectiva eliminando así el conflicto entre lo público y lo privado.

Inflexiones

Cuando el proyecto está abierto prescinde de las metas y los fines, solo queda el proceso que enlaza principio y fin en los actos de la creación. En el cine moderno de Godard no hay proyecto, solo proceso en el que se insertan las distintas fragmentaciones de la totalidad. Totalidades encontradas en los fragmentos expandidos por la singularidad y lo subjetivo. Lo común se externaliza en lo diverso por lo uno y libre y no tanto por lo unitario y uniforme, que deja de ser común, para ser manipulable en intereses privados.

Pero si el proceso carece de fines, admitiendo que no hay fin, sino eterno retorno, no prescinde de las metas, puesto que estas unifican en la forma la voluntad de ser a través de las acciones, y esto es posible desde el origen material, su necesidad, y su vinculación espiritual con la forma, su pasión. Las metas no representan un fin en el proceso, sino que están impresas en su origen material y espiritual. La obra no puede ser realizada desde el fin al que se conducen las acciones por el método, si esta ha de ser forma nueva, tiene que provenir de la misma forma. La gota de agua que inaugura el rio, lo hace porque éste está siendo inaugurado a cada instante. Es la forma la que inspira la forma que se recrea en su realización. El proyecto sirve de herramienta en la acotación de la materia: el poema, pero ya el primer verso es portador de la imagen, es el eco de su fuerza.

El proyecto creativo puede contener innumerables procesos, y en este universo ilimitado esta el caos que anticipa las estructuras del proyecto que es la obra. La obra se desconoce, pero se anticipa por el proceso de creación, que la realiza por la unión de lo posible a través de las materias injertadas en un flujo permanente.

La obra de arte definitiva es el fin del proyecto aplazado en el tiempo, donde la estética de las formas pierde su razón de ser, sustituida por la belleza universal pospuesta en el proceso histórico y propuesta por la revolución social. El s. XX, siglo de las revoluciones, conoce la barbarie del hombre que suprime al hombre por el fin de la conquista de la totalidad universal. El proyecto justifica los medios cuando lo que se busca es la obra perfecta. Y para este fin, las metas del hombre que dieron origen a su rebeldía, son eliminadas por el proyecto común y total. El proceso así se somete al devenir de la historia y sus valores. Se lo piensa como un proceso de evolución necesario inserto en el proyecto universal. La búsqueda aquí es la belleza absoluta a través del racionalismo en el realismo histórico. Esta servidumbre a las ideas reivindica el pragmatismo antes que el esteticismo. El qué y el cómo fundidos en el pragmatismo del proyecto, en el que los procesos son históricos. Es la lógica histórica que tiene al hombre como su constructor partiendo de la idea, es decir de un qué preconizado y un como justificado en la culpabilidad total para una liberación total.

La naturaleza en el nihilismo total se sustituye por la eficacia en la administración del objeto. Objeto y sujeto son cosificados gracias a lo que Camus denomina “la física de las almas”, una plasticidad que es modelada por el consumo, en las sociedades capitalistas. El consumo regula desde el capital el deseo y es la regla para la realización material de sus fines. Entre el suicidio y la trivialidad como soluciones de continuidad ante el dolor y el sufrimiento, el vector de fuerza tiene un sentido inverso en el deseo, en el sentido de vivir, que es la búsqueda interminable de una unidad que no se encuentra en la gracia divina, ni en la justicia social. Es la exigencia de una realidad sagrada a través de la rebeldía individual. Frente al reino de la cantidad, que solo produce hombres desolados en medio de la abundancia, la búsqueda de sentido en la unidad se halla en la propia persona y en su insumisión al imperio de la idea y de la cosa hábilmente instrumentalizados por el poder en el dominio que este ejerce sobre el hombre, su espacio y su tiempo. La fuerza originaria impulsora del cambio, no es la eficacia productiva para satisfacer la necesidad siempre presente, que sirve de justificación a los estados afirmando valores comunes y en su cálculo de fuerzas, sino en la fuerza del deseo que transforma la necesidad por la pasión en una expansión, desde la persona, del poder transfigurador del amor.

La creación es un acto de rebeldía que sustentado en el amor no ha de desembocar necesariamente en el control policial del cumplimiento de la norma, ni en la locura, sino que unido al deseo como fuerza imperecedera, se rebela constantemente ante toda forma de dominio, es decir, desde ese no reiterado a todas las formas de sometimiento, hacia un si permanente e insurrecto.

La creación es vivir y hacer para crear lo que somos. Un no sometimiento ni al qué ni al cómo, sino un qué y un cómo desprendidos de cómo hacemos lo que somos, sin intentos de legitimaciones ni culpabilidades.

El arte es una fuerza de renovación constante que rechaza el mundo por lo que le falta y que mantiene una exigencia de unidad en la belleza. Es negación y afirmación que el proceso creativo conjuga unificando fuerzas naturales y fuerzas del devenir histórico, lo singular y lo universal fusionados en una exigencia metafísica y estética al mismo tiempo. Que no busca, sino que encuentra en la no significación y el sin sentido un valor ajeno al devenir, que extrae del caos las armonías que sirven de alimento espiritual del alma y donde cada obra es un proyecto para su expansión y el proceso es su experiencia.

Un corazón libre de prejuicios está preparado para acoger la verdad. Transigencia y obediencia procuran la firmeza y sujeción a lo claro. En lo interior debe haber un germen de vida. Una oquedad en cuyo interior se encuentra la posibilidad es vivificada por la fe certera que se desarrolla en el compromiso, que no es intimidad excluyente o solidaridad clandestina.

Los fines no debieran ser desvinculados de las metas y estas a su vez, no perder su origen en la necesidad material y espiritual. Cuando ambos, fines y metas se conjugan desde la necesidad se puede elegir y delimitar para unir gestualidades y fijarlas en una suspensión temporal de la forma. Ahora bien, la necesidad no es vacío, sino plenitud, por lo tanto la acción debiera devenir en una constante unión de justicia y generosidad, de igualdad y libertad, de renuncia y exigencia; la acción es entonces un vaciarse y un llenarse que va creando la forma en un flujo natural sin las artimañas de la razón.

Del llanto brota la incontenible alegría

Afirmado en ella desde el dolor y el sufrimiento

Renace el alma transfigurada por la emoción

Cuando ya no queda un yo extinguido

Por la fuerza de una pasión arrebatada

Experimento el gozo de una oscura certeza

A la luz de las tinieblas que se abren

No es posible seguir el mismo camino

El sueño se derrumba en los despojos

Mientras se derrama la sangre de la vida

El coloso sigue devorando a sus hijos

Pero ya he dejado de ser el burro

Detenido por el terror de la tragedia

Y el miedo justificado a lo humano

Las lagrimas que brotan de mis ojos

Están calientes por el fuego interior

Y queman mis mejillas pálidas de frio

Ellas son prueba doliente de la resistencia

Al dominio al que el amor es sometido

Insurgencias saladas de un mar indómito

El surrealismo pretende levantar de las cenizas del nihilismo una verdad nueva que se esconde tras las apariencias de los valores comunes legitimados y representados por las instituciones del poder que ejercen un terror que justifican en el proceso de la historia. Declaran estas instituciones su inocencia y el éxito verificado del proceso y su objetividad a través de sus representantes en la iglesia y el estado y con la connivencia de la filosofía fuerzan sus postulados. Frente a este devenir histórico explicado por el racionalismo, el movimiento surrealista defiende lo irracional y desea unificar la transformación social y el cambio de la existencia individual mediante la ascesis espiritual, la restauración de lo sagrado y la conquista de la unidad. Fusionar sueño y realidad, lo ideal con lo real y la irracionalidad con el azar objetivo. Plantea un misticismo sin dios en la búsqueda de un punto supremo hallado en el abismo y en la cumbre de lo sagrado, El camino de la unidad a través del encuentro con la magia, lo primitivo, la retórica de los misterios y la alquimia de la piedra filosofal por el principio de analogía frente al principio de identidad y contradicción.

 

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Del “medio día” de Nietzsche, pasar a la exaltación de la “media noche” y del silencio al rigor en la intimación moral hallada en el amor. Este establecimiento de nuevas metas plantea la purificación aceptando la no redención y considerando la perdición como un previo útil en ese proceso. El genio surrealista es la mistificación de la pureza a través de la perdición. Una transfiguración en lo humano que unifica los valores opuestos asumiendo la tragedia.

El surrealismo da la espalda al realismo histórico y renueva los mitos románticos por el desengaño de las promesas universalistas del racionalismo. Las imágenes surrealistas son revelaciones ocultas por la aparente claridad meridiana que proyecta sus sombras alargadas y es el genio surrealista quien se atribuye para sí la lucidez para ver y mostrar las nuevas verdades y su moral autosuficiente. Esta consagración del genio personificado es la conquista individual de la unidad anhelada. Este surge de la rebeldía continuada y de la expresión libre del humor sin restricciones. La ironía es fruto tanto de las revelaciones como de la aceptación del destino y no busca una redención del alma ni su salvación. El genio ejerce de genio por sí y para sí consciente del absurdo, y este hecho histórico anticipa la creciente personalización de las actitudes y de los objetos de forma masiva.

El genio se extiende como una expresión más de la rebeldía ante el mundo y ante la muerte, y al mismo tiempo que se extiende, se extingue su raíz originaria que es la lucha feroz, el combate con la muerte. Si todo acto es considerado por razón del acto como rebelde, por lo tanto, genial, todo consiste en actuar sin pensar, sin finalidad y sin metas que lo guíen. El acto en sí ya es una expresión de rebeldía o genialidad. Aprovecha de esta forma la tensión de los polos como fuerza dinámica para una expresión libre y desprejuiciada. Pero siempre hay un pero que en este caso es el automatismo de los impulsos. No hay dolor ni placer, sino una atenuación de ambos por el desplazamiento del movimiento mediante el automatismo de las fuerzas contrarias cuyo sonido es como el sordo zumbido que emiten los cables de alta tensión, las máquinas, o el constante tic-tac del reloj, que ni siente ni padece, tan solo actúa moviéndose de un polo al otro por la diferencia de potencial. La genialidad extendida a todo acto rebelde, acaba con el humor en el absurdo, del que pretende sustraerse vinculándose plenamente a él, y no en la paradoja que unifica lo dramático y lo cómico y consigue que nos riamos de nosotros mismos en el humor del absurdo que coloca en el mismo plano lo contradictorio.

El desplazamiento dinámico dentro de la tensión de fuerzas es tan solo una fuerza física en movimiento continuo. La unidad se manifiesta en formas de rebeldía para escapar de lo incompleto y disperso y el arte recoge estas fórmulas para procurarnos una evasión, una huida temporal. Se defiende entonces lo efímero como un nuevo concepto en el arte que expresa de otra forma la eterna rebeldía al consentimiento de las realidades formales y existenciales. Una nueva contribución estética que consagra un estilo nuevo en el hacer. Las diferencias de estilo son movimientos pendulares entre lo formal y lo informal, lo único sagrado y la repetición pagana, el realismo idealista y el idealismo real, la máxima concreción y la máxima abstracción. Sin embargo a nadie se le escapa que como expresa A. Camus “El gran arte, el estilo, el verdadero semblante de la rebeldía, se halla entre estas dos herejías”